ALIX Y MINNIE PART XIV, Alicky y Nicky.

Para cuando Nicky y Alexandra fueron coronados, ya habían transcurrido más de dos años desde su matrimonio y tenían descendencia.

El 15 de noviembre de 1895, después de un duro parto que se prolongó por espacio de veinte horas, Alexandra había dado a luz a su primer retoño. Ahí, también falló en relación con su antecesora Minnie. Minnie, muy en su papel de continuadora de la dinastía, había debutado como madre con un hermoso niño varón: el propio Nicky. Alexandra se estrenó con una niña muy rubia y bastante grande, pues pesó tres kilos y medio: Olga Nicolaevna Romanova. En casa, habitualmente, se la llamaba Olishka, diminutivo ruso de Olga; en menos ocasiones se la mencionaba como Olya.


Alexandra con su pequeña Olishka.


Nicky y Alexandra con la niña.


Minnie, abuela orgullosa con su nieta.

A pesar de su sexo, Olga fue calurosamente acogida. Con la edad de sus padres, muy enamorados y con una apasionada actividad física, se daba por cierto que nacerían muchos niños en la familia. El que viniese una gran duquesita no estaba nada mal, considerando que luego habría seguramente un zarevitch antes de seguir procreando, en alternancia, grandes duques con grandes duquesas. 


Alexandra con Olga, 1896.

Alexandra se tomó muy en serio la crianza de Olishka. Ella la alimentaba, ella le cambiaba los pañales y ella la bañaba personalmente. También se ocupaba de tejerle ropitas a la bebé. La antigüa niñera de Alexandra, Mary Ann Orchard, Orchie, se había desplazado de Hesse a Rusia para supervisar las “nurseries”, pues la zarina deseaba que alguien de plena confianza estuviese al cargo cuando ella no pudiese hacerlo por sí misma. 

Aún no habían pasado seis meses del difícil alumbramiento de Oliskha cuando Alexanra quedó embarazada de nuevo. Esa gestación, sin embargo, no llegó a anunciarse de manera oficial, aunque la prensa sugería que podía haber una nueva criatura en camino. Alexandra perdió su segundo retoño a consecuencia de un aborto espontáneo provocado por los nervios y la tensión derivados de las fiestas de su coronación en Moscú. 

Por tanto, Olishka era todavía hija única cuando sus padres emprendieron, en verano de 1896, llevándosela consigo, una gran gira europea. La gira empezó en Viena, con una visita oficial a los emperadores Francisco José y Elisabeth. Por desgracia, no existen imágenes de las dos parejas imperiales juntas, la de mayor edad ya golpeada por muchas desgracias, la joven inaugurando su propia cuota de pesares entremezclados con momentos de gloria. Finalizada la estancia en Austria-Hungría, se dirigieron a Breslau para presidir, junto a su primo el káiser Willy y a la kaiserina Dona, las maniobras de verano del cada vez más impresionante ejército alemán. En Breslau, por suerte para Alexandra que solía sentirse intimidada y violenta en presencia de su primo Willy, estaba también el hermano de éste, Henry, con su mujer, Irene de Hesse, la hermana mayor de ella.

Luego pasaron por Dinamarca, a visitar a Christian IX y Louise, los abuelos maternos de Nicky. De allí, en el buque Standart, pusieron rumbo a Escocia. El Standart atracaría en el puerto de Leith, dónde les aguardaba Bertie, príncipe de Gales. Viajaron por tren a Ballatar, en cuya estación esperaban Georgie y May de York, con el duque de Cambridge al lado, todos rodeados por una guardia de honor en falda escocesa. Llovía mucho esa noche, y una procesión de carruajes tomó el camino, de una hora de duración, a Balmoral. La vieja reina Victoria aguardaba en la puerta.


Una foto para la historia: Nicky y Alicky muestran a Olga a su bisabuela la reina Victoria, en presencia de Bertie príncipe de Gales.

Los días en Balmoral proporcionaron a Alexandra una dicha inmensa. No sólo estar junto a su querida abuela Victoria de nuevo era un gran motivo de alegría, sino que, además, las Highlands escocesas le habían servido de escenario a los más añorados veranos de la zarina rusa. Alexandra, tan orgullosa en Rusia, no lo era tanto en Escocia. Se ponía tartán, bailaba danzas típicas con los criados de la abuela y recordaba los tiempos en que las mujeres de una aldea cercana le habían enseñado a cocinar scones.

A la zarina le causó una enorme pena abandonar el reino de Victoria. Presentía que jamás volverían a encontrarse, que ese había sido el último instante concedido por la providencia para que pudiesen hablar en confianza la una con la otra. De Inglaterra, enfilaron a Francia, el país tradicionalmente aliado de Rusia en Europa, para una visita oficial. En el curso de su estancia en territorio francés, que por otro lado les encantó a ambos, ocurrió algo que jamás se ha olvidado: durante la visita de varios días en Versalles, a Alexandra la alojaron en las mismas habitaciones que habían pertenecido a la reina María Antonieta. El lecho con dosel adamascado de María Antonieta acogió por unas noches el sueño de Alexandra.

La segunda criatura de Alexandra también resultó ser niña.

El embarazo había sido, por decirlo suavemente, difícil. La emperatriz se pasó meses con naúseas, que no se curaban por mucho que, siguiendo el consejo de su suegra Minnie, tomase jamón crudo en la cama por las mañanas, un rato antes de su desayuno. Con tantos vómitos, Alexandra acabó muy debilitada, de modo que había que llevarla de un lado a otro en una silla de ruedas y, al final, hubo de guardar reposo absoluto por espacio de siete semanas.

Si semejante tortura hubiese llevado al nacimiento de un varón, se habría sentido absolutamente compensada. Pero se trató de una fémina: Tatiana Nicolaevna Romanova, a quien los servidores de la imperial familia llamarían”Tanushka” o “Tanya”. Pese a que adoraba a sus niñas, Alexandra no pudo dejar de preguntarse en voz alta, angustiada: “¿Qué dirá la nación?”.


Alexandra sostiene a la pequeña Tanushka. A su lado, Olishka hace lo mismo con su muñeca favorita.


Una imagen de la pequeña Tanushka.


Olishka posando con su muñeca.


Las dos hermanas.

A finales de 1898, Alexandra volvió a quedarse encinta. Era su tercera oportunidad -la cuarta, si contamos el aborto que hubo entre el nacimiento de Oliskha y el de Tanuskha- para dar un heredero a los Romanov. Todos estaban, lógicamente, muy ansiosos. Pero, en junio de 1899, se produjo una decepción general cuando Alexandra tuvo a una nueva gran duquesa: María Nicolaevna Romanova, para la familia y allegados “Mashka” o “Masha”.


Alexandra sostiene a Mashka. Están también Nicky y las otras niñas, Oliskha y Tanuskha.


La pequeña María, “Mashka”.


Dos tiernas imágenes de Olga, Tatiana y María.

Ese angelito llamado Mashka aún no había cumplido dos meses de vida cuando se produjo una tragedia familiar que hizo recordar a todo el mundo que la sucesión al trono ruso seguía siendo un “asunto pendiente”.

El nueve de agosto de 1899, en Abbas-Touman, en el Cáucaso, un accidente costó la vida al tío paterno de las niñas, Georgi. En el momento de ascender al trono, Nicky, recien casado y aún sin descendencia, había conferido de manera eventual el título de heredero a su hermano Georgi, que, además, siempre había sido su preferido. Nicky y Georgi se habían adorado desde la infancia, aunque ambos llevaban años físicamente distanciados porque el gran duque, debido a sus enfermedades pulmonares, se hallaba prácticamente confinado en la gran propiedad de Abbas-Touman.

El confinamiento de Georgi le había impedido asistir, por ejemplo, a los funerales de su padre, Alexander III; a la boda de Nicky con Alexandra o a los bautizos de sus sobrinas, Olishka y Tanushka. Justo tras el nacimiento de Mashka, Georgi había escrito a Nicky diciéndole cuánto le afectaba no haber podido todavía realizar un viaje desde Abbas-Touman a Tsarkoé Selo para conocer a las tres pequeñas. 


Georgi.

En Abbas-Touman, sin embargo, Georgi sí recibía con cierta frecuencia a su madre, Minnie, que, evidentemente, sentía una particular debilidad hacia el muchacho. Georgi no había podido acompañarla a Dinamarca desde el verano de 1895, cuando una última visita a Fredensborg le había agotado hasta tal punto que parecía que se moría en el camino de vuelta a la propiedad caucásica. Desde entonces, estaba claro que Georgi no debía moverse, así que se movía habitualmente Minnie. Una imagen de ambos en Abbas-Touman refleja la felicidad de ella al encontrarse con ese hijo impedido para llevar una vida “normal”:


Minnie visitando a Georgi.

Luego, ese nueve de agosto, Georgi salió a dar un paseo en su motocicleta por los alrededores de la propiedad. Una campesina de la zona se lo encontraría después en tirado en una cuneta, arrojando esputos de sangre por la boca y tratando en vano de tragar aire. La pobre mujer no pudo hacer nada más que sentarse y colocar la cabeza del chico en su regazo mientras él moría. Esa escena se la encontraron los miembros del séquito del gran duque que, preocupadísimos porque él no volvía a casa, habían salido en su búsqueda.

Un telegrama explicando la secuencia de acontecimientos fue remitido al zar Nicolás. Éste, absolutamente devastado, se enfrentaba encima a la angustiosa tarea de comunicarle lo ocurrido a Minnie. Minnie, sencillamente, se desmoronó. Unos días después, en el entierro de Georgi, parecía capaz de mantener su legendaria entereza, aunque el sufrimiento desfiguraba su cara. Pero, de repente, se volvió hacia Xenia, la hija que trataba de sostenerla, y, mirándola con ojos enormes que parecían no ver, la exhortó a “volver a casa, volver a casa…esto no puedo soportarlo más”. Como la desdichada madre salía a toda prisa, hubo que acelerar la ceremonia. Nadie tuvo tiempo de echar flores encima del ataúd antes de que cayesen las primeras paletadas de tierra, pues todos abandonaban el recinto tras Minnie, sin saber qué hacer para reconfortarla. En el carruaje, Minnie lloraba desconsoladamente abrazando con fuerza casi sobrehumana el sombrero favorito de Georgi.

El único consuelo que encontraría Minnie, lo encontró cuando se presentó ante ella la campesina caucasiana. Esa mujer, llevada rápidamente ante la zarina viuda, le relató cómo habían sido los últimos momentos de vida del joven. Minnie nunca dejó de agradecer a la mujer que se hubiera detenido en una cuneta y hubiese cuidado con cariño al agonizante.

                             ******************************

Desde otra perspectiva, la muerte de Georgi significaba que, en caso de que Nicky falleciese, la sucesión recaería en Mikhail “Misha”, entonces un alegre muchacho de veintiún años de edad. 


Mikhail “Misha”.

Antes de que pasase el tiempo suficiente para que se “aligerase un poco” el profundo duelo familiar por Georgi y se pudiese nombrar heredero a Misha, Nicky cayó enfermo. Unas fiebres tifoideas le postraron en el lecho, su estado empeoraba por momentos y se llegó a temer un desenlace fatal. Alexandra, que le cuidaba personalmente, sin dejar que nadie se le acercara, se tomó fatal que, en esos días, los ministros insistiesen en que, si el zar estaba incapacitado, su eventual sucesor debía encargarse de suplirle. La idea contaba con el apoyo de Minnie, lo que enfureció doblemente a Alexandra. Sintió que su suegra se volcaba hacia su hijo preferido, Misha. También sintió, por supuesto, que no podía oponerse con la fuerza que la hubiera asistido de tener un hijo pequeño propio. Nicky se recuperó, pero Alexandra le persuadió de que no debía nombrar sucesor a Misha. Misha era el sucesor, pero no se le otorgaría el honor que se le había otorgado a Georgi. 

Minnie y Alexandra estaban, pues, más enfrentadas que nunca.

A finales de 1900, Alexandra se volvió a embarazar.

Alexandra se pasó esos meses de gestación encendiendo cirios y rezando ante sus iconos preferidos para lograr un varón. La gente ya comentaba, más o menos abiertamente según la osadía de cada uno, la “incapacidad” de la zarina para traer al mundo criaturas de sexo masculino. Parecía que sólo lograba concebir y parir hijas, lo que ponía la continuidad dinástica en un brete.

Sin embargo, pese a las oraciones fervorosas, Alexandra estaba destinada a llevarse otro chasco. El dieciocho de junio de 1901, dió a luz otra niña que se llamaría Anastasia, aunque la llamarían “”Nastya”, “Nastenka” y, con frecuencia, “Malenkaya”, una palabra rusa que significa exactamente “la pequeña”.

Nicolás era un padre que adoraba a sus hijas mayores. Sentía auténtico amor por Oliskha, por Tanushka y por Mashka. Sin embargo, en un principio, hubo de dar un largo paseo para que “perdiese fuerza” la mezcla de decepción y frustración que le causaba la llegada de una cuarta niña. Sólo cuando se hubo calmado un poco acudió a besar a la desolada Alexandra y a saludar a la recien nacida Nastya.


Alexandra con la pequeña Nastya.

Las cuatro crías eran unas auténticas muñecas…

…pero su valor, en términos dinásticos, se quedaba muy por debajo del que hubiera tenido un príncipe. 

El nacimiento consecutivo de las niñas tuvo sus repercusiones en la familia. Por ejemplo, influyó, negativamente, en la relación entre Alexandra y su cuñada Xenia. Las dos se habían llevado muy bien desde que se habían conocido, muy jovencitas, con ocasión de la boda de Ella con Gega. Obviamente, a raíz de la boda de Alexandra con Nicky, se estrecharon los vínculos con la pareja formada por Kseniya y Sandro. Con el tiempo, surgió un progresivo enfriamiento en la relación. Generalmente, se ha atribuído ese hecho a que Alexandra empezó a ser consciente de los rumores que flotaban por doquier acerca de la vida conyugal demasiado “moderna” de Sandro y Xenia, que incluía infidelidades por ambos lados. Esto es muy plausible, ya que Alexandra se mostraba como una estricta puritana en ciertas cuestiones: la gente rozada por el escándalo no le agradaba y solía vetarles en la corte o en su residencia de Tsarkoé Selo (a menudo en ambos lugares). Pero años después, el gran duque Sandro declararía que, en su opinión, el principal motivo de “disgusto y resentimiento” que Alexandra tenía hacia ellos era el hecho de que Xenia daba a luz un varón tras otro.

Hay un fundamento claro para esa suposición de Sandro. Cuando en junio de 1901 Alexandra sufrió “un clamoroso fracaso personal” al dar a luz a su cuarta niña, Nastya, Xenia estaba embarazada de su quinto vástago. Cierto que, cuando se había estrenado como mamá en 1895, Xenia había dado a luz una niña, bautizada Irina. Pero en enero de 1897 había tenido un niño, Andrei. En diciembre de 1898 había vuelto a traer al mundo un niño, Feodor. En enero de 1900 de nuevo había producido un varón, Nikita. 


Xenia con sus tres hijos mayores: Irina, Andrei y Feodor.

En agosto de 1901, Nicky y Alexandra todavía estaban asimilando la reciente incorporación a su familia de Nastya. Y entonces Xenia tuvo a su quinto hijo, el cuarto varón: Dmitri. Pero al año siguiente, en 1902, mientras Alexandra trataba desesperadamente de concebir de nuevo, Xenia se descolgó con otro chico: Rostislav.

La zarina viuda, Minnie, estaba pletórica con esa serie de exitosos embarazos y partos de su hija Xenia. Ese orgullo resulta perfectamente natural en una madre con respecto a una hija que concibe con facilidad y da a luz también sin dificultades. Pero a Alexandra tenía que parecerle casi una provocación la euforia de su suegra, porque a ella los embarazos la machacaban por completo, solía pasar por partos largos y duros, sólo para conseguir hijas que decepcionaban “a la nación”. 


Xenia y Sandro con todos sus hijos: una chica y cinco chicos.

 
Al final, Alexandra demostró una curiosa incapacidad para establecer vínculos positivos con los miembros de la familia Romanov. De todos sus cuñados, sólo logró resistir al paso del tiempo su amistad con Olga Alexandrovna, la hija pequeña de Sacha y Minnie.


Olga Alexandrovna.

Olga era una criatura especial. De todos los hijos de la pareja Sacha & Minnie, fue la única nacida cuando éstos ya se habían convertido en zar y zarina de Todas las Rusias. En la vieja tradición ortodoxa, se decía de ella que era la “porfirogeneta”, esto quiere decir la “niña nacida en la púrpura imperial”. 

Su infancia tuvo los mismos matices que la de sus hermanos mayores… hasta cierto punto. Por tratarse de la pequeña, recibió atenciones especiales incluso de su estricto padre. A posteriori, todos recordarían lo orgulloso que se había sentido Sacha del -indudable- talento artístico de su hija, que, con pocos años, podía mostrar magníficas acuarelas e interpretar complicadas partituras al violón. También recordarían que, estando ya enfermo y sometido a una dieta muy severa, Sacha le pedía a Olga que le “suministrase” helados “sin que nadie se enterase”. 

La niña se llevaba bien con todos sus hermanos, pero siempre existió un vínculo afectivo más profundo con Mikhail, “Misha”, a quien seguía en edad.


Xenia, Misha y la pequeña Olga, los tres hermanos menores.


Minnie con su hija Olga


Minnie, ya viuda, con Misha y Olga, los dos hijos de menor edad.


Minnie, viuda, con Georgi, Misha y Olga.

De las dos chicas de Minnie, Olga sin duda era la que no poseía ningún rasgo destacable en cuanto a su aspecto físico. Quizá cualquiera que la definiese objetivamente usase la expresión “común y corriente”:


Olga Alexandrovna joven.

Tampoco ella se esforzaba demasiado por ofrecer un aspecto mejor. A diferencia del resto de grandes duquesas, se preocupaba lo mínimo por sus ropas y no ponía ningún interés en adquirir joyas. Prefería desarrollar una intensa actividad benéfica a una gran actividad social. Ejercía el patronazgo de numerosas instituciones y fundaciones caritativas. El área de Olgino, en Rusia, se benefició extraordinariamente de la atención filantrópica de la chica, que hizo todo lo posible por mejorar las estructuras sanitarias de la zona, favorecer las escuelas para chicas pobres y encargarse de que saliesen adelante algunos orfanatos.

Olga, por lo demás, era la tía preferida de las hijas de Nicky y Alexandra. En especial, estaría muy unida a su sobrina Anastasia, que era asimismo su ahijada.

En todas las familias hay preferencias. Minnie estaba obviamente mucho más cercana a su hija Kseniya que a su nuera Alexandra, por lo que quizá nos parezca entendible que la uniese un vínculo afectivo intenso hacia los niños nacidos del matrimonio de Sandro con Xenia. De las cinco nietas que acabó teniendo Minnie -la hija de Xenia y las cuatro hijas de Nicky- su favorita era, sin duda, Irina Alexandrovna. Por lo demás, los críos de Xenia alegraban su etapa de zarina viuda casi en perpetuo movimiento de un lado a otro. El trato con las hijas de Nicky y Alix se encontraba más limitado por una serie de circunstancias. Lo cual no implica falta de amor, desde luego, pero sí una menor inclinación hacia ellas. 


Minnie, viuda, con su hija Xenia y su yerno Sandro.


Una foto para la historia: Minnie, a la izquierda, sostiene en brazos a su nieta Oliskha, primera hija de Nicky y Alexandra. Alexandra aparece a la derecha de la imagen. Olga Alexandrovna está entre su madre, Minnie, y su cuñada, Alexandra. Detrás, Xenia sostiene a su pequeña Irina, con Sandro al lado.


Sandro y Xenia, con su primera criatura, Irina.


Irina, la primera nieta y la favorita entre todas para Minnie.


Irina, ya crecidita, con el más pequeño de sus hermanos varones, Vasili.

Minnie (kalliope)

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